Había una vez un niño que usaba un casco plateadísimo y un traje de astronauta opaco. Iba así por la calle y cuando se sentaba en el cine y en las bancas de los parques su traje crujía como mueble viejo. Le gustaba entrar en las librerias y museos y saludaba a las señoras que llevaban bolsas de mandado. Cuando hacía mucho sol brillaba como un gran reflector andante y brillaba tanto que era imposible verlo. Aunque se rostizaba bajo el traje no quería quitárselo. Contrario a lo que pudiera pensarse, el traje era muy cómodo y le permitía moverse con facilidad. Lo malo es que andaba un poco ciego y continuamente se pegaba con los botes de basura, los espejos retrovisores de los carros y los postes del alumbrado. Además nadie sabía quién era ni donde vivía ni nada. En los días nublados era muy feliz y parecía un foco ahorrador y la gente lo saludaba y él sonreía bajo su casco plateado. ¿A dónde irá toda esa gente y por qué andarán tan aprisa?, se preguntaba. En los días de más calor podía poner unos huevos en su brazo extendido y se freían haciendo sssschuikchuikssss y abría su casco y ¡plam!, los huevos desaparecían. No sudaba, no leía los periódicos y no iba a la escuela. ¿No lo has visto? Seguro es porque no te gusta caminar.
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