No se puede vivir del amor, ya lo dijo Calamaro y por eso es que resulta tan sorprendente mirarte caminar por la calle tan despreocupada, tan ligera y tan jodidamente perturbadora. Quiero pensar que no tiene la menor importancia, que aunque quiera regalarte las muescas de mi libro no importa porque no tengo ni idea de quién eres. ¿Qué voy a hacer con tu cabello rizado?
Platicaste con los bomberos y no tenías idea de por qué, simplemente te sentiste impelida a entretenerlos. Pensaste por unos momentos que los retenías, que no dejabas que hicieran su trabajo y que por eso en algún lugar se propagaba un incendio de dimensiones apocalípticas. Pero luego pensaste que era tonto. Sin saber cómo empezaste a hablar de la libertad, que es como un ave de brillante plumaje pero que termina siendo un Ícaro cualquiera y más raro aún, les hablaste del determinismo y después de Comte. Ellos te miraron tan extraño, como si fueras un bicho al que se siente feo aplastar y tú entre más decías, más triste te sentías. Niña, cómo se te ocurre. Ellos sólo vieron a una mujer joven acercándose a ellos y por supuesto que te miraron con lujuria y te desearon porque tienes ese andar provocativo que es imposible de tolerar sin sentir una punzada en la entrepierna. No sé, a mí se me figura que es como admirar un ídolo, algo que es imposible tener. Tu belleza desespera, urge, y no te das cuenta o no quieres o te vale madres. Así que imagínate su sorpresa cuando te dirigiste a ellos. Dos bomberos recargados en la reja, con sus playeras blancas y pantalones azul marino, mirando pasar los carros por Zaragoza y Ocampo. ¿Estabas triste? ¿no tenías nadie con quién hablar? Dijiste que más bien te sentías perdida, pero eso no lo entiendo, ¿perdida dónde? En esta ciudad. No te sientes dueña de tu voluntad y no creo que alguien en verdad lo sienta así, tan absoluto como tú lo quieres. Nada nos pertenece aunque hagas berrinche, nada nos pertenece porque no hay nada que pueda pertenecernos. Es como si quisieras que el viento fuera tuyo o que el agua no escapara de tus manos. Me preguntaste que por qué hacíamos lo que hacíamos, que qué sentido tenía vivir y yo sin siquiera un remedo de respuesta. Me contaste la historia que te contaron. Otilio, el bombero del año, se colgó del camión porque iba lleno y no podía esperar a otro viaje. Fue en el gran incendio de la Kellog's, en el 2006. Otilio sintió el viento en la cara y lentamente se resbaló, como si hubieran puesto una película y le hubieran puesto pausa y luego reproducir. Lo miraron por el espejo retrovisor, pero ya era un bulto contra el suelo y un carro lo atropelló y entonces era Otilio. Se armó de lo lindo, era el consentido del capitán y todos lo querían y el tipo del carro no se la acababa. Fue todo un accidente, concluiste, pero tenían que culpar a alguien de algo sobre lo que nadie podía ser culpado. Fue una casualidad, una tontería. Qué manera tan pendeja de morir, pensaste, pero no les dijiste nada y los miraste con tu mirada más triste y fue más de lo que pudieron soportar, voltearon a ver al interior y te dijeron que les hablaban. Escuchaste el sonido de la reja al correrse y te quedaste un rato ahí, sola, perdida y triste. No me pudiste decir por qué, sólo que la vida a veces te parece algo insoportable.
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