Escribir me cansa y me desilusiona un poco. Por más que hable o escriba sé que nada va a cambiar, que no soy parte de un "algo" intangible y misterioso. Me falta el genio para ser buen escritor y la sensibilidad para ser por lo menos interesante. No sé en realidad por qué escribo, pienso que es más bien una forma de entenderme o quizá sea solo ocio o un pretexto para fundamentar mi existencia, para pensar que tengo algo que hacer. Ahora mismo se me ocurre que vivimos en la era del reciclaje y el desencanto, que como sociedad estamos cada vez más segregados, más lejos del hombre o la mujer que se sientan a nuestro lado. Me lo explico así, y lo pondré a riesgo de parecer tonto y pretencioso: en las décadas del 60 y 70 el mundo se embriagó de ideologías y de placer por las mismas. Los 80s fueron la década del sueño después de la borrachera, el mundo se aletargó y ahí fue donde no la dejaron ir, donde todo empezó a dejar de ser importante y donde la tecnología empezó a suplantar la necesidad de conocer al otro. Los 90 fueron la resaca y el malestar. Y ahora nada más reciclamos todo eso, lo hacemos un pastiche sin ton ni son, una barroquismo idiota, la sobre información que derrota al simple conocimiento. Y nos sentimos orgullosos de nosotros mismo y nos complacemos en ser unos robotcitos imbéciles. Estamos cada vez más muertos y no hallamos la salida. Pienso que los movimientos sociales actuales son interesantes pero que de ningún modo son la solución. El mundo está enojado y se estanca en su enojo porque no quiere admitir que está enojado, que no hay nada que nos llene, que nos rodea el vacío y que nunca fuimos tan conscientes de ese vacío y por eso mismo no lo nombramos, nos acomodamos en utopías y en la falsedad de que vamos para adelante. Ya lo dice Fadanelli, no todo cambio es bueno, esa es una idea boba. La verdad es que vivimos en una nueva especie de barbarie (otra vez Fadanelli), somos primitivos pero hay una máquina para limpiarnos el culo (y si aún no la hay ya la habrá). La verdad es que yo creo que no hay solución, y si la hay yo no la conozco. No soy pesimista, todo lo contrario, pienso que lo único que nos queda es dejar pasar el tiempo, subirnos a la ola, cada quien desde su trinchera tratar de salir a la luz y vivir en paz con la humanidad, dejar que la humanidad se auto destruya para empezar de nuevo. Porque la maquinita de destruir no la vamos a parar, y no porque nos falten ganas sino porque somos nosotros mismos, fatuos seres en estado de descomposición. Como sea, no creo que deje yo de escribir ni de hablar, después de todo no hacer nada tiene su encanto.
“Hoy tengo miedo de salir otra vez, tengo miedo de encontrarte como aquella vez. Los nervios me traicionan, me derrota el estrés, se que puedo arrepentirme después. Hoy tengo miedo de salirte a buscar, tengo miedo de poderte encontrar...” La historia es como de esas historias que se repiten hasta quedar en nada, hasta ser un recurso manido (como ese de ponerle a todo una luz crepuscular para dar una sensación de velada melancolía, cuando en realidad el ocaso invita más a la euforia que a la calma y a la reflexión) so pretexto de no querer contar algo en particular, sino tratar de abarcar algo que va más allá. La introducción se antoja necesaria porque quizá sea la historia por sí sola bastante absurda y poco creible; sin embargo a mí me consta que sucedió y nada puede hacerse al respecto. La conocí en una librería y ya para entonces usaba su casco de aluminio, lo que le daba una extraña apariencia de ser una astronauta a medias, pero más que cualquier otra cosa, daba la sobrecogedora sensación de estar perdida. Así, como si caminara sin ir a ningún lado o como si fuera a algún sitio secreto, ignoto para el resto de la humanidad. Pienso que es más bien lo segundo, sólo que le costaba trabajo encontrar el sitio al que quería ir, tan nítido y claro en su cabeza, tan borroso y confuso en la gran ciudad. Esa primera vez no le hablé aunque a mí me dieron muchas ganas de hacerlo. Compré un libro de Cioran, el primero, mismo que luego de su lectura me dio dolor de cabeza porque entendía bien poco y me esforzaba en entenderle, y me fui a casa con la imagen de esa jovencita con cara de perdida. No sé por qué, pero insistí mucho en hacerla que se pareciera (al menos en el concepto) a alguno de los niños perdidos de Barrie. Luego todo se fue dando como agua corriente, hablarle fue como abrir una llave. Le encantaba platicar y a mí me encantaba escuchar sus historias, las más de las veces fantásticas, historias sobre aparecidos y princesas que se reflejaban en la luna y que se casaban con hortelanos guapos e inteligentes y unas muy muy extrañas sobre asesinatos. Era increible el nivel de detalle con que describía los cuchillos brillando a la luz de una farola, los gritos y la sangre escurriendo por sobre los cuerpos aún tibios. Lo más raro era que decía que esos no eran inventos, que los había presenciado. No le creí. La primera vez que la invité a un helado se negó, dijo que no podía porque tendría que quitarse el casco y yo le dije que se lo quitara sólo un ratito. Al final accedió y pidió uno de pistache. Platicábamos sobre cuentos más que nada y yo le di a leer a Hinojosa y a Villoro. Me dijo que no iba a la escuela y yo le pregunté que cómo podía ser posible, que qué edad tenía. Me respondió que 16 ya, lo que me sorprendió. A mí por ese entonces aún me gustaba mucho ir a la escuela y trataba de hacerle entender esta o aquella corriente filosófica (después descubrí que era una estupidez), pero su simpleza rebatía todos mis argumentos. Empecé a llevarla a casa y comíamos de lo que quedaba. Era sorprendente que podía pasarse el día entero sin comer y cuando comía comía muy poco, algo de sopa y un poco de guiso. Lo que comía más eran tortillas. Luego vino la mudanza, nos cambiamos de 16 de Septiembre a Ezequiel Montes, y aunque no están muy lejos la una de la otra, no pude volver a verla. Pasaron un par de años y la volví a ver. La adiviné más bien, ya sin casco, caminando por Madero una mañana soleadísima, cegadora. Estaba jodidamente hermosa y no me atreví a hablarle, así que me cambié de acera, hice como que iba leyendo y alguien me tocó el hombro. Era ella.
“No todos son tan malos, no todo está mal, no todos son villanos queriéndote matar. No todo está perdido ni se va a acabar, la vida es un picnic”. Puse un poco a Fobia porque el nombre me encanta, me parece un nombre genial para una banda y aunque no pienso formar una, si hubiera tenido una hubiera tocada el bajo y así se habría llamado. Durante tres años alguien me persiguió, lo miraba en las esquinas o saliendo de la escuela, cuando sacaba mis llaves y a veces desde mi ventana. Me seguía a todos lados y las primeras veces me dio mucho miedo porque mi mamá decía que había muchos locos sueltos por ahí, pero al cabo de unos meses intenté hablarle y preguntarle qué quería. No quiso hablarme, cuando me acerqué se echó a correr. Los primeros días era muy molesto, ya sabes, sentir la mirada pesada en tu nuca, como si fueras cargando algo pesado y después sentirte invadida en tu intimidad, tener miedo de desvestirte y de hacer del baño o de estar en lugares cerrados. Luego ya se hizo normal y pues como que me acostumbré. Creo que fue al año que empecé a usar mi casco. Era un casco muy bonito que le robé a un primo, uno de esos de realidad virtual. El niño berreó como si lo estuvieran matando, pero yo soy la consentida de mi tía y además creo que estaba harta de que su “muchacho” estuviera todo el día enchufado al aparatejo, así que pienso que fue un alivio para ella. Lo de que era perseguida nunca nadie me lo creyó, se lo dije primero a mi mamá y después a mi papá y después a todo mundo, a señores que me hallaba en la calle. Pensaron que estaba loca y me vino bien eso, los locos no tienen que hacer nada y de repente era libre de hacer lo que quisiera, escuchar música a todo volumen, no ir a la escuela y caminar por las calles sin que nadie me molestara. Mi mamá quería llevarme con un loquero y sí fui dos veces, pero a la segundo le mordí la mano tan fuerte que sangró y ya no quisieron llevarme. Mi mamá dijo que se me pasaría, que quizá era la edad o un “desajuste hormonal”, pero bien sé que no es cierto. Mi papá me miraba con sus ojos café oscuro y me decía: “ya, por favor, regresa”. El que me seguía no opinaba igual. Luego fue cuando conocí a Chuy. Lo conocí en una librería. Las librerías me gustan porque están siempre frescas y huelen rico. Platicábamos un buen rato y me invitaba helados, que era un poco enfadoso porque había que quitarse el casco y no me gustaba, el casco me protegía. Iba a su casa a veces y hablaba mucho. Yo sabía cuando él quería hablar, se sentaba, echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba. Era mi señal para callarme y le preguntaba qué tenía y él decía que nada, pero luego se soltaba, como si le dieran cuerda. Usaba muchas palabras raras y hablaba de un montón de gente que ya se había muerto y de las cosas que habían dicho o escrito. Yo le decía: pero si ya están muertos, déjalos descansar en paz. Me gustaba mucho platicar con él, a veces hasta pienso que sí me creía eso de que era perseguida. También me prestaba libros y eran muy divertidos. Recuerdo mucho los de El pequeño Nicolás, que escribió un francés de nombre impronunciable. Como dos semanas no fui a su casa porque me puse mal y cuando volví a ir ya no estaba. No quise salir en un buen rato y me quedaba en mi cuarto y tenía pesadillas donde mi perseguidor crecía millones de metros hasta convertirse en un monstruo como los de los Power Rangers. Despertaba muy asustada y miraba por la ventana, pero no había nadie. Después nosotros nos mudamos a Tepic. Estaba muy feliz porque pensé que mi perseguidor no me seguiría hasta Nayarit y pasé la primera semana feliz, pero un miércoles volví a sentir su mirada clavada en mi espalda, como un cuchillo o una lanza o no sé y me dio muchísimo miedo. Esa noche lloré hasta que amaneció, enojadísima porque no podía hacer nada. Empecé entonces a dejarle notitas. Las dejaba en los huequitos de las ventanas, las dejaba caer cuando iba caminando o encima de los botes de basura. Le pedía que por favor me dejara en paz, que yo no le había hecho nada y en otros muy enojada que se fuera a la chingada, que qué quería. Usar el casco en Tepic se hacía cada vez más insoportable porque hace un calor del demonio allá y sudaba a mares. Un día me fastidié tanto que lo agarré y lo azoté contra el suelo de la plaza. Todos voltearon a verme asustados y yo me fui corriendo y llorando. Desde ese día mi perseguidor se esfumó, se fue como había llegado y yo quería regresar a Querétaro, más que nada para ver a Chuy y mi papá se negó y me metieron otra vez a la escuela. La escuela era muy aburrida y presenté exámenes de revalidación y me pusieron en quinto semestre aunque había hecho nada más hasta segundo. Cuando terminé la prepa le hice tal berrinche a mi papá que tuvo que dejarme regresar a Querétaro. Entré a Nutrición y los primeros meses me dediqué a buscar a Chuy sin éxito. Hasta que un día iba por Madero y lo vi, venía caminando en sentido contrario a mí. Me dio mucha alegría volverlo a ver. Estaba igualito, con su aire de preocupado y distraido al mismo tiempo, arrastrando un poco los pies. Estoy segura de que me miró, hasta parecía asustado, pero se cambió de acera y tuve que seguirlo media cuadra. Qué bobo eres, le dije y él respondió: Hola y sonrió como tonto, como siempre lo hacía.
Entonces empezó una relación que tiraba a lo raro. Nos veíamos dos o tres veces a la semana y tomábamos helados de pistache y carlota. En mayo la atropelló la 70 y duró tres días en el hospital, después... el vacío.
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