La negrura es una danza que los dioses inventaron cuando la luz los cansó. El haz de luz de una linterna sorda le abrió una rasgadura a la oscuridad en un tajo vertical para desaparecer enseguida. Se movió a tientas buscando, adivinando los objetos, sus ojos ya habituados, el silencio instaurado como cubierta. Su respiración contenida, los pasos de las ratas que interrumpen y desconciertan. Sintió un intenso deseo de correr, de buscar un resquicio donde la claridad le permitiera perder el miedo que le atenazaba. Sus pies se movieron con sigilo, atento a cualquier otro sonido. Escuchó el roce de un pantalón en una esquina donde la densidad de las sombras le impedía distinguir cualquier cosa. Siguió avanzando las manos contra la pared. Un objeto metálico sobresalió de la pared. Un picaporte. Quiso abrir y salir despavorido, pero es curioso cómo su pavor lo mantuvo aquí, a resguardo de mirarse, de descubrirse aterrado. Teme que los latidos de su corazón retumben en la enorme bodega. Sería mejor que cada uno desapareciera, que se los tragara la noche, que jamás volvieran a verse. Huir corriendo o huir por indiferencia del otro, por cansancio. Atento, un gancho chirría por allá. ¿Dónde? Él lo ha movido. ¿Un descuido? No no, lo hizo adrede, quiere perderte, quizá lo empujo desde lejos para no delatar su posición, para rodearte, para encerrarte en una trampa. Su corazón se aceleró, su respiración agitada era una franca amenaza. Se tapó la boca. No dejó de avanzar por el borde. Un resuello en su espalda. ¿Quién es? ¿Cuántos son? ¡Carajo!, alguien le ha rozado el brazo, está seguro. Quiso no moverse ni estarse quieto, desvanecerse en el aire, que acabara ya, que la venganza tomara forma por fin y no estar más viviendo en una prisión de espera. Esperar el golpe definitivo cuando éste se demora indefinidamente. Cuando parecía que llegaba, crrrrriiiii, otra vez vueltas. Muévete, muévete, le ordenó un impulso interior desconocido, muévete más rápido. Corre, corre, ¡corre más rápido! Y se lanzó en una loca carrera tropezando con cajas y haciendo un ruido como para atraer a todos los vengadores de la ciudad. Cayó, su cara chocó contra una superficie de madera y le sangró la nariz. No dejes de moverte. Sus piernas se estiran pero chocan contra duros objetos ya perdidos en la oscuridad de sus ojos casi cerrados. Apretó los párpados y sintió ganas de llorar, de decir: no por favor, esperen, no fue mi culpa, estaba ya casi muerto. ¿Cómo volver en el tiempo para corregir nuestros errores más insignificantes? Mienten los que dicen que todo tiene remedio. Quedó tendido en el suelo con la espinilla destrozada, moviendo frenéticamente las piernas, pataleando, como si aún corriera. Se retorció peleando contra un millar de manos que lo sujetaban, un millar de sombras que lo rodeaban tragándoselo, engulliéndolo con sus risas burlonas. Un millar de sombras hechas de sombras, imposibles aquí adentro. Sombras densas y veloces que van y vienen en un trasiego de información. Sombras sin pasos, sin rostros. Hasta que unos pies se acercaron raudos.
-¿Qué chingados estás haciendo, pendejo?- dijo una voz colérica reprimiendo un grito. Una cólera concentrada en el menor de los movimientos.
-Vienen por nosotros, ya están aquí, ya están aquí, nos van a llevar.
-Cómo chinnnnngados nos van a llevar, no saben que estamos aquí- unos ojos inyectados de sangre por el esfuerzo de la contencón. Las venas del cuello eran mangueras.
-Sí sí, aquí están, ¿qué no los ves? Quieren cobrarse, ¡vinieron a cobrar!
-¡Chist! Cállate, imbécil. Tenemos que salir de aquí.
El ejército de sombras se diluye poco a poco, buscando la luz para existir y mi propia invención llega a un límite apenas tolerable. Se abrió una puerta y hacia allá, hacia el chorro de polvosa luz, huyeron en tropel las sinuosas oscuridades...
-¿Qué chingados estás haciendo, pendejo?- dijo una voz colérica reprimiendo un grito. Una cólera concentrada en el menor de los movimientos.
-Vienen por nosotros, ya están aquí, ya están aquí, nos van a llevar.
-Cómo chinnnnngados nos van a llevar, no saben que estamos aquí- unos ojos inyectados de sangre por el esfuerzo de la contencón. Las venas del cuello eran mangueras.
-Sí sí, aquí están, ¿qué no los ves? Quieren cobrarse, ¡vinieron a cobrar!
-¡Chist! Cállate, imbécil. Tenemos que salir de aquí.
El ejército de sombras se diluye poco a poco, buscando la luz para existir y mi propia invención llega a un límite apenas tolerable. Se abrió una puerta y hacia allá, hacia el chorro de polvosa luz, huyeron en tropel las sinuosas oscuridades...
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