miércoles, 7 de julio de 2010

Cuento para el pequeño Chris

Enfrentarse a un texto es siempre riesgoso, uno puede verse atrapado por él o corre el riesgo de aburrirse o fastidiarse. La parte de quedar atrapado es la que más disfruto. Más que un escape, la literatura es un modo de ir, una visión alternativa de un mundo a veces incomprensible, que tiene la inmejorable ventaja de pertenecernos por completo. No hay una prisión de por medio, acaso un límite, que es la imaginación, pero no puedo concebir al proceso imaginativo sino como liberador; no hay quien pueda indicar qué es lo que uno está leyendo o instruir sobre el verdadero sentido de un libro y quien así lo hace es un estúpido. Los libros, una vez publicados, dejan de ser del autor para convertirse en las múltiples interpretaciones propias de cada lector. Lo fastidioso de todo este asunto es hasta qué punto el libro, o el texto, es el autor. En el mejor de los casos pienso que escribir es un acto que conlleva por lo menos un poco de vanidad, en el peor es un ejercicio de insoportable egotismo. Por eso quiero, amable lector, obsequiarte con una pequeña escena secuencial en la que yo, el "autor ingenuo", no participo. Lo hacen personajes por entero ficticios y que son ajenos a mí. Aquí entenderás, por supuesto, por qué soy un escribiente tan ingenuo. El texto se llama simplemente "Cuento para el pequeño Chris". En un principio había pensado en un título más sugerente como "La ley de la manzana y la demanda", que luego sería continuado por un cuento similar u opuesto que llevaría por título "La ley de la oferta y la naranja". Deseché esta opción porque me pareció pretenciosa y porque soy muy perezoso como para secuenciar cuentos, más aun para hacer un proyecto literario que me requiera algo de paciencia y dedicación. Para el personaje principal de "Cuento para el..." pensé primero en una bruja. Debido a que a quien iba dirigido en primera instancia es un niño de unos dos años, hijo de una amiga de apenas unos 20 años, no me pareció mala idea, pero quise evitar a toda costa caer en el cliché de los cuentos para niños a que Disney nos tiene horrorizadamente acostumbrados. Decliné mejor por un personaje más "neutro", pero con más libertad de maniobra: una simple señora de edad que gusta de hacer tartas (o pays, si así lo prefiere usted) de manzana. Aquí usaba ya el ingrediente principal del título que luego desecharía. Hasta aquí todo bien. El problema viene con la invención de un antagonista digno de esta amable señora porque tengo la fea inclinación de siempre preferir a los malos, por lo que diseñar villanos melodramáticos me cuesta lo que vulgarmente se dice "un huevo". Así pues desfilaron en mi pobre imaginación toda clase de animales, desde hormigas hasta dinosaurios, y decidí quedarme por fin con un niño gordito que representa a "la demanda". Este niño gordito debería tener un lado perverso, que yo imaginé como un constante frotarse las manos ante la idea de saborear un rico pastel, cosa que vendría a suceder bastante a menudo en el susodicho cuento. Definidos los personajes principales había que decidir el escenario. También aquí me enfrenté a varias dificultades. Debía ser un lugar capaz de atrapar la atención de un niño, pero no muy fantasioso. Un lugar lleno de encanto, pero real. Comprenderá el lector mi aprieto. Le dediqué un par de concienzudas consideraciones y pensé: total, el mundo es lo más cercano al paraíso, ¿no? Y empecé a dibujar el lugar en mi cabeza: un pueblito nebuloso en alguna de las cordilleras del centro de México. Tejitas rojas, casas pintorescas, gente amable caminando por las calles enfundada en gruesas ropas de lana. Algún jorongo por aquí, algún transeúnte bebiendo té en una banca hecha de piedra de la placita rodeada de pinos y otras coníferas, humo saliendo de ciertas chimeneas, rastros de humedad en las paredes, calles limpias y empinadas, todo un bosque rodeando el pueblecito, en fin, todo aquello que puede traernos a la mente un rincón agradable. Prescindí con necedad de cualquier automóvil e incluso de los odiosos celulares. Tenía ya los personajes, ambos sin u ápice de mí, y el lugar. No quedaba más que ponerme a imaginar qué sucedería con tales personas en tales circunstancias. Me había olvidado de las circunstancias. Rápidamente traté de solucionar este contratiempo: un día nublado, la temperatura ambiente por los 10 grados Celsius, imágenes relampagueantes de correteos infantiles y risas complacientes por parte de los adultos, atareados en diversas compras y visitas. No entiendo este puto cuento y empieza a irritarme. Todo lo anterior lo acabo de inventar. El cuento ese nunca quise escribirlo. Me estoy burlando. Estaba intentando hacer "metaliteratura", pero creo que lo dejaré para la gente que en verdad pueda hacerlo. Se trataba de contar el cuento sin que el lector se diera cuenta. Pero hay que dar rodeos cansados y en eso de dar rodeos y cansarse yo soy especialista. El niño no tenía dinero para comprar el pay dominical y por más que le berreó a la mamá, ésta se negó a dárselo argumentando la falta, sin mencionar que la causa era que el papá se había puesto una peda épica el día anterior y que así se había acabado el dinero. Esto no sería cosa común y la madre estaría de muy mal humor. Le espetaría al hijo:
-Ya te dije que no, vete por ahí a jugar con tus amigos.
El niño regordete se emberrincharía y patalearía contra el suelo en un último intento, infructuoso a la larga, de conseguir el dinero. Lloroso iría hasta donde la señora entrada en edad a ver si le conmovía el corazón. Se toparía con pader puesto que la señora, por esas casualidades que da la vida, sería tan amargada como dulces sus tartas. Esta dicotomía forzada, dulzura-amargura, pretendería indicar que lo más dulce viene siempre de las cosas más amargas. La señora, alzando el ceño, como mi novia, en un gesto despreciativo le diría al niño que no con un tono seco y "arrugado". La intervención del gesto y la acotación "como mi novia" daría al traste con la intención especificada al inicio pero ayudaría sin duda a crear una sensación de confusión tan propia a la metaliteratura o simplemente daría a entender que había dejado la inútil empresa en pos de un fin mayor que resultaría evidente al final, consecuencia de pensar que el texto estaba basado en un complejo entramado de contradicciones. Algo así como "confundir para causar la ilusión de genialidad". Por supuesto que el texto al final carecería de tal conclusión, lo que aumentaría la sensación de que se está leyendo un "texto complicado". Náda más lejos de mis pretenciones. Es todo culpa de Kundera y de Calvino. El niño entraría en el paroxismo de la desesperación. En un principio trataría de hurtar algún pay usando ingenuas tretas como distraer a la señora diciéndole: "mire, allá, qué es eso". La señora no movería un solo músculo de la pétrea cara. Se desesperaría más y más con el fracaso de sus tentativas y finalmente hurtaría un pay de la mesita sin más y echaría a correr. Esto desataría el furor de la señora entrada en años, que echaría a correr trás él dando gritos de "¡ladrón! ¡ladrón! ¡me roban mis pays!" Y ayúdenme y socorro y otras expresiones comunes en similares circunstancias. La gente echaría a correr también buscando al ladrón y se armaría un despelote de lo más sabroso porque nadie sabría a quién está persiguiendo. Con esto pretendía ilustrar la imbecilidad de la masa alarmada que se deja llevar por la gritería y que se une al caos sin tener claro qué hace o hacia a dónde va o qué demonios persigue. El mercado, ya lo adivinan hasta lo más palurdos, sería una alusión metafórica al "Mercado". El niño se saldría con la suya, se comería el pay de manzana a escondidas y su madre le pondría una zurra por haber llegado tarde a comer. Con esto pretendía terminar el texto dejando una puerta abierta a la discución de si el texto tenía o no una moraleja o una conclusión. Por supuesto que no habría tal, pero no por cuestiones estilísticas, no por dar a entender que la vida no tiene moralejas y que todo es un pastiche sin ton ni son, como los mamonazos de los autores contemporáneos dicen, sino simplemente por la falta de talento de un servidor. Así de simple. Tan tán, pues.

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