miércoles, 7 de julio de 2010

"The day is beautiful, as a postcard".

Me anunciaste el diluvio como anunciar un partido de fútbol. Diste los contrincantes, Dios vs La Humanidat, y la hora: por ahí de las cinco de la tarde, hora del centro de México. Cómo chingados iba yo a saber que bromeabas. Me entró mi cansada cólera que repartí con gusto en diversas actividades y denuestos públicos. Pero eso después. Me pertreché como la ocasión lo ameritaba. Fui a la maderería y compré tablas con la menor polilla posible. Compré cuerda y una sábana de florecitas (no había otra más barata), una caja de galletas de avena y una garrafa de agua. Construí mi balsa, resistente y bonita, subí mis provisiones, dispuesto a esperar la interminable caida de agua, y para no pecar de imprudente, me puse una bolsa negra a modo de impermeable. La puse en la azotea de mi casa y me quedé dormido. Desperté con los truenos. Ensordecedores. Los relámpagos iluminaban un cielo preñado de agua con siniestras luces inmediatas. Él espectáculo me espantó un poco, pero estaba decidido a no arredrarme gracias a las precauciones que tomé gracias a tu mentira. Empezó a llover. La lluvia arreciaba por momentos y con ansias esperaba la subida del nivel de agua en las calles. Corría violentos arroyos por las canaletas de Zaragoza y la Alameda, al cabo de una media hora, estaba inundada unos 20 centímetros. Mi emoción crecía, esperaba impaciente el momento de hallarme navegando por encima de la ciudad. La lluvia era tan fuerte que apenas podía ver nada aunque entrecerrara los ojos y mis manos fueran furiosos parabrisas. El agua turbia seguía atascando las coladeras y subiendo amenazante por las casas y negocios. Me regocigé al pensar en la enorme cantidad de "daños materiales" que causaría tu diluvio. Brrrroooommm bramaba el cielo y ahora era un verdadero río lo que recorría las calles arrastrando coches. Empezó a darme frió a pesar de la bolsa negra. En la azotea el nivel del agua llegaba apenas a mis tobillos. Una de las coladeras empezó a regurguitar unos sucios borbotones cadenciosos que formaban pequeñas olas. Y cuando todo parecía haber alcanzado el momento crítico y el agua llegaba casi al metro, amainó la tormenta. ¡Chingada madre! Pero pensemos con claridad, ¿cómo te habías enterado tú de que iba a haber un diluvio? No lo sé. Tampoco sé que voy a hacer con mi balsa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario