Quizá sea darle una importancia que no tiene. Corre corre que te alcanzan. ¿Y a dónde voy a correr si me cortas todas las salidas? No es que los letrerotes que penden del cielo no digan Exit (Dios habla inglés con los mortales), sino que penden precisamente en el aire. ¿Captas? Por supuesto que sí, sino no podrías entender que, a veces, la felicidad es un feo pastiche. De fluidos y orgasmos interrumpidos, partículas inlocalizables dentro de nosotros con pastel de chocolate, idas y venires diversos abriendo puertas y azotando ventanas y libros con voz (que por favor maten a Villaurrutia. Ah, ¿que ya se murió? Que me enseñen la caja para llorarle) más tacitas de té tumbados en una cama baja. O podría no ser ni madres, una vana y dolorosa ilusión. Pero me desvío. Le estaba hablando a este perro de una cosa que pasó hoy en la mañana: desperté dormido. Así como se oye. Me encaminé al baño, abrí la puerta y voilá, que descubro tus calzones. Los dejaste ayer antes de irte por la pinche coladera o por donde sea que hayas huido. Qué maña de hacerte humo cuando más te necesito. O cuando más me gusta pensar que te necesito porque disfruto la insensibilidad de sentirme maniatado, sin poder siquiera levantarme a apagar la luz. Me dio un poco de pena mirar ahí ese trozo de tela, parecía un trapo arrundado ahí con enojo, echo bolita en un estallido de fastidio, carente de vitalidad. Un trapo muerto, ¿sabes? Un trapo exánime. Lo levanté por pura lástima con el pie y, esto no me lo vas a creer, estaba mojado. No quise olerlo por miedo a una nueva excitación, a un nuevo arrebato chaquetero. Resulta que la taza estaba escurriendo agua amarillenta y por eso estaba mojado el pobre calzón de luchador, estratégicamente colocado para tapar el débil hilillo de suciedad . Esa taza a veces me es muy antipática, sobre todo cuando hace frío. Los que sí de plano y siempre me parecen molestos son los mingitorios de los baños públicos. ¿Por qué serán siempre Helvex? ¿Es un monopolio mudo que nos impone la ignorancia? ¿La falta de atención? Yo qué voy a saber, yo nomás pregunto. Bueno, salí de mi aventura en el baño algo desmejorado, tengo eso que médicamente se llama "gastroenteritis explosiva", que viene a ser un chorro violento que le sacude a uno las tripas cada hora (cuando hay suerte, sino cada media).Gastroenteritis, qué risa me da esa palabra. Ah, no, que la dichosa p es lo que causa la diarrea. Entonces tengo diarrea esplosiva, compadres (esto hay que pronunciarlo gringamente). Una chorrera insoportable, pues. Me dio por comer muchos chicharrones, mmmm grasita, radicales libres. Cuando iba saliendo del baño me tropecé con unas revistas. De Vanidades. ¡¿Qué carajos hacían en mi casa esas revistas de mala entraña?! Lo ignoro por completo. Se me hace que las trajiste tú. Como sea, no voy a echarte la culpa. Luego me encontré al perro. Es color calle, indefinible, amarillo grisáceo con mechones cafés. Se veía muy jodido y su cara de perro hambriento me enterneció. Ni me digas que porque somos parecidos. Pero antes de eso regresé a mi cuarto y, esnob como soy, me tiré en la cama a leer mi librito de Onetti. Es un poco confuso. No que leer a Onetti sea esnob. Yo, es a lo que me refiero. Me dio hambre y no sabía si mi triste condición me permitiría tragar algo, a pesar de lo cual decidí intentarlo. Salí a la calle por pan enfundado en la chamarra que usaste ayer. Le quedó tu olor. De regreso empezó a llover. Caminé muy dueño de mí mismo bajo la lluvia, mirando a la gente resguardarse apresurada en los portales y bajo los toldos de los negocios. Y yo con mis aires de descuido pues me mojé bien los pies. Antes de entrar a mi casa fue que me hallé a Furis I. El cabrón no quiso de mi pan, luego me di cuenta de que quería entrar en busca de abrigo seco. Pero ya sabes que yo a los perros jamás los dejo entrar en mi casa, es una ley sagrada impuesta por lo que pasó con Furis 0. Me quedé en la entrada con él contándole que, ya te dije, hoy me desperté dormido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario