viernes, 16 de julio de 2010

Los muertos estudian tautología

Yo, aquí como me mira usted, reducido al deplorable estado de la miseria, fui alguna vez el más fino hipócrita, el eufemista más elegante. Mi dedicación a la poesía costumbrista durante los primeros años de mi instrucción primaria me dotaron de una oratoria fluida y conmovedora. Durante mis estudios de secundaria fui el orador oficial de mi generación y una vez egresado del nivel medio-superior me dediqué enseguida a adornar los discursos de los políticos locales. Pronto me vi precisado a escribir diatribas en contra del partido opositor y en época de elecciones supe convertirme en el elemento indispensable de una buena campaña. El candidato ganaba prestigio de buen orador, que por lo demás era lo único que podía ganar, dado que el cargo público lo tenía asegurado de antemano. Así redacté exhortaciones y bellos discursos para presidentes municipales, diputados locales, directores de instituciones, regidores y toda esa caterva de politiquillos provinciales. Trabajaba sin descanso y pronto mi diligencia y buen estilo me lograron la oportunidad de hacer el discurso de toma de posesión de un legislador nacional que había tenido en suerte ser electo porque el otro candidato, el favorito, había sido asesinado. Esto hizo que mi fama se disparara, aunque siempre a la sombra de los grandes nombres en cuya boca ponía yo inflamadas endechas y patrióticas exclamaciones. El éxito alcanzado por este discurso mío pronunciado por el legislador N me puso pronto a la cabeza del largo número de aspirantes a políticos que redactaban afanosamente en periódicos y demás publicaciones alabanzas a los hombres que tienen las riendas del poder. No tuve que molestarme nunca en alabar a nadie, mi papel era claro y me di siempre a respetar en tal. No pasó mucho tiempo antes de que me viera requisado por los más altos dignatarios, quienes intentaban darle un nuevo lustre a su nombre. Así se inscribieron gloriosas páginas de mi historia, si bien vivía en la penumbra de los recintos. Es a mí a quien se debe la famosa frase: "Amo el aroma de las flores y el canto del tzentzontle, pájaro de las 400 voces, amo el color del jade y el brillante ardor del sol de media tarde, pero amo más a mi pueblo, que es mi sustento" y ésta otra, joya de la oratoria mexicana: "Yo soy mi pueblo". Mis discursos fueron siempre hermosos, ornamentados con lo más selecto de nuestro léxico. Los furibundos contrarios a mi estilo, todos inconscientes practicantes de un sesquipedalismo ramplón, acusábanme de mal poeta dedicado a la política o bien lo contrario, mal político dedicado a la poesía (que por lo demás estos señores no tenían mucha idea de qué es la poesía. Baste decir que el nombre Ramón López Velarde no significaba para ellos nada). Sus falsas acusaciones y envidias no mermaron mi buen nombre y mi natural talento siguió engalanando la toma de protesta de presidentes nacionales y la inauguración de las obras de carácter social más distinguidas, que yo convertí en "magnas obras". Producto de ésta mi natural inclinación a elevar al nivel de la hermosura todo discurso político, viéronse encumbrados personajes pronunciando párrafos completos de poesías de López Velarde, lo que causó cierta conmoción en los círculos intelectuales, que bien pronto se dieron a la tarea de desacreditarme imponiéndome el epíteto de falsario. Me di a la tarea de desmentirles y de esa época emanaron de mi pluma las más bellas proclamas que personaje público alguno haya proferido. Mi nombre como tal era por completo desconocido entre la masa de gente que escuchaba embelesada mis palabras, pero me conformaba con ver mis frases publicadas en primeras planas y en boca del populacho y aún en la de los próceres que llevaban sin mucho cuidado a este país hacia su total ruina. Poca importancia tenía para mí todo esto, si con la boca honraban al pueblo y con las manos lo destruían. El pueblo era feliz escuchando hablar a sus representantes un idioma que ellos no podían a veces ni entender, pero que los dejaba igual de satisfechos que una lectura bíblica masiva. Empecé por ese entonces a aburrirme y metí entre líneas verdaderos poemas, elaborados en un estilo parnasiano puro. Nadie pudo ver esta nueva poesía y me vi muy triste por esto. Pensé que era echar margaritas a los cerdos. Y mi estilo decayó y por tanto la estima de esos mudables señores que se sientan en grandes sillas y que en verdad hacen bien poco ellos mismos. Decidí recluirme en una casita en Acapulco y vivir de mis ahorros, que no eran pocos. Era aún solicitado por políticos en ascenso y algunos atrevidos de baja ralea, que vieron en mi desgracia la oportunidad de hacerse conocer mediante el remanente de mi retórica preciosista. Quise retirarme como lo que era, un grande, con un último discurso, el más inflamado y patriótico de cuantos había escrito. Lo presenté con no pocas dificultades y fue el discurso final que pronunció el entonces todavía presidente de la república, el señor Carlos Salinas de Gortari. Luego vino una borrasca y mi casita en Acapulco quedó reducida a escombros y la devaluación del peso y unas desastrosas inversiones en bonos del gobierno representaron el acabose de mi carrera, mi fortuna y mi vida. Y heme ahora aquí, relatando a un joven imberbe una historia que no debía ser conocida. No crean jamás lo que dicen esos señores, que es la voz de alguien que no se atreve a hablar.

2 comentarios:

  1. Desencanto y apatía por aquellos poetas mal obrados. Proxenetas del sistema y falsos intelectuales. Vendedores de palabras y de letras, lucradores de la lengua y despreciables populistas.

    ResponderEliminar
  2. Tssss, te volaste la barda, mi estimado. Perverrrso...

    ResponderEliminar