miércoles, 3 de febrero de 2010

¡Sal de mi sistema!

En verdad que no entiendo por qué hago esto. Por idiota, por qué más. En fin... esto ya es viejo y hoy me parece que fue ayer. Deber ser porque estuvo lloviendo casi todo el día.


Ayyy, X, por poquito y me das en la madre. Por supuesto, niña, ahora que estás enfadada sólo recordarás eso, que te dije “qué hija de la chingada te viste”. Es curioso como los seres humanos tendemos más a recordar lo malo, lo que nos duele. Lo que me parece tonto es que ni siquiera prestaste atención a lo demás. No retiro nada y si te ofende, bueno, creo que en parte lo mereces. Tu enfado (que no podrás negar. El sarcasmo y las caritas felices son prueba inequívoca) me causa hasta cierta gracia. No, no me burlo, al contrario. Es sólo que pienso que es demasiado infantil y al mismo tiempo como de alguien adulto. A veces eras una adultita de 17 años y otras una niña de 18. Mi tristeza siempre tarda en llegar y me ataca sin ninguna misericordia. Ya sé que no debería escribirte más y de hecho en el cuaderno no lo hago (el azul, en el que nunca estarás), y si quieres deja de leer, dudo que esto te sirva de algo; no obstante, para mí es necesario, es parte de mi duelo. Quizá lo hayas escuchado, hay un dicho que reza: las separaciones son como muertes chiquitas. Yo creo que es verdad, algo se muere cuando la gente se va. Ahora ya no siento nada en el estómago, pero mi cabeza da vueltas desde hace tres días. Puede sonar hasta idiota (y lo es) pero te extraño, en serio, no sé porqué. He decidido que sí, que este tonto que soy yo te quiere, y aún así, vuelvo a mi postura (ya vieja) de que los sentimientos sólo valen cuando son recíprocos. Por lo tanto, te quiero sin quererte. Qué bobada. Me explico: siento algo y ese algo está aquí, adentro, pero ya no tiene nada que lo sostenga. Al final creo que los sentimientos son nuestros y le ponemos el nombre de una persona, que es quien le da forma, quien lo hace tangible y concreto. Lo que tengo entonces es como un líquido que estaba en un vaso. Se ha ido el vaso y el líquido se desparrama por el suelo. Es una analogía bastante tonta, lo admito, pero creo que es ilustrativa. Lo malo es que entonces lo que siento carece por completo de sentido, me es perfectamente inservible. Cosa curiosa.


Tengo miedo de no verte más, nunca poder tocarte ni saber la liviandad de tu cuerpo. Ayer en la noche rockbandeábamos muy contentos pero yo pensaba en ti con rabiosa insistencia. Imaginaba tu cuerpo sobre el mío, la calidez de tus senos redondos y casi podía sentir tu peso sobre mis piernas. Una cuestión extraña porque me bastaba cerrar los ojos para verte. Tenerte y no tenerte al mismo tiempo, una jodida dicotomía. La aureola de tus pezones, café café, rugosita, lo liso de tus piernas, tu vientre suave y tibio, tus brazos largos y delgados, tu cuello perfecto, tus hombros y tu clavícula marcada. El olor de tu piel que imagino azucarado, tu lengua mojada, tu boca un aro de luz, tus dedos y tu sexo. Diablos, un imposible que se me atora en la cabeza, que me asfixia. “Quiero tener tu mano y no soltarla jamás”.


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