viernes, 30 de abril de 2010

Cuento corto

-Dijo que mejor se regresaba.
-Adónde.
-No me dijo.
-Y tú que le dijiste.
-Nada.
Los sonidos se acercan como si fueran a tragarme y no consigo ni siquiera un poquito de inspiración, siento que ya he dicho lo que tenía que decir y me siento seco de palabras. Todo lo que tengo, todo lo que me queda para darte es este corazón amortajado y este recuerdo perdido que por alguna razón se vuelve nítido y recurro a él ante tu más pura ausencia.
"Cuando era niño vivía enfrente de un solar baldío y jugábamos ahí en las noches. Generalmente la temperatura bajaba en las noches y uno podía respirar sin que olas de aire caliente inundaran el pecho y lo quemaran. Las olas de calor eran visibles si se ponía atención. Eran una especie de vaporcillo transparentísimo que se elevaba de los techos y las calles. A veces parecía que era un velo que ondeaba enfrente de los ojos de uno. Jugábamos a cualquier cosa, pero por lo general a la roña, a las escondidas o al bote salvado. Una noche de Mayo parecida a esta no pudimos juntarnos por no me acuerdo qué cosa. Estaba sentado en el escalón de la entrada de mi casa, miré hacia el solar y lo que vi se me ha quedado grabado con ese sentimiento de que nada vuelve a suceder como la primera vez. Había un montón de puntitos verdes que aparecían y desaparecían de forma intermitente. En mi vida había visto eso y al principio pensé que eran fosfenos. Me acerqué y traté de capturar una de las lucecitas, pero era muy difícil, desaparecían enseguida, como luces de faro diminutas. Estaba todo a oscuras, el foco de las escaleras estaba fundido desde hacía tiempo. Y estas lucecitas verdes fluoreciendo ahí en medio de la noche, yendo de aquí para allá. Por fin pude atrapar una y la encerré en mi puño. Corrí a mi casa, mi grande y vieja casa que está viniéndose abajo, y con sumo cuidado deposité al animalito en un vaso de plástico transparente. Dejó de brillar por un rato y agité el vaso con violencia. Volvió a brillar ante mi maravilla. No podía dejar de verlo. Le pregunté a mi mamá que qué eran y me dijo que se llamaban luciérnagas. Las luciérnagas, por si no lo sabes todavía, hacen brillar su barriguita para atraer compañera y poder procrearse en ese infinito rito que es la preservación de toda especie. Pero de eso me enteré mucho después leyendo un libro de entomología. La noche fue haciéndose más negra y mi luciérnaga empezaba a no brillar. Brillaba, sí, pero muy poquito y enseguida se apagaba. Sin luz, el insecto me parecía de lo más vulgar. Creo que me harté un poco y la saqué con cuidado de su vaso. Sin querer la despanzurré y mis dedos quedaron manchados de su fluorescente vida. Froté su color entre mis dedos y vi cómo iba difuminándose la brillante manchita. Quedé muy decepcionado. Volví al solar a cazar más luciérnagas, pero por alguna razón me sentía triste por la muerte de la primera y no pude conseguir ninguna otra."

3 comentarios:

  1. te odio lo sabes....ajajajaja este me gustoó muchooooooo ya no tenemos botoncitos para votar que tan bueno esta??

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  2. Nel, con esta plantilla no puedo poner botoncirris. A mí me gusta en el sentido de que es verdat. Es como un recuerdo que sí es mío, nada de invenciones. Escrito ex profeso para olvidar n__n

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