"Dame los besos que le envidio a los espejos, la miríada de imágenes que sé que eres, las manos para recorrer tu cuerpo que bajo el mío se transforma en un interregno de algo parecido al descanso. Cóbrame el peaje de incluirte en mi libreta, de robarte libros (mas aquí hablaríamos de un estamos a mano), versos y palabras. Escribe en mi memoria poética con tinta roja el paso de un mes, el paso de un tiempo errático y suficiente. Perdona mis arranques y mi necedad en considerar todo desde mi punto de vista (y entonces ábreme tu cajitas de abajo y de enmedio y de arriba). Recorre estas ansias como si lo hicieras en una súper autopista, una línea larga que es un círculo disfrazado de recta y por favor, perdona la enumeración de detalles y especificaciones. Debiste, desde un principio, de haber reconocido el olor profundo y escondido que te doy en ráfagas envidiosas de uno tuyo que persigo caminando sin prisa, diríase que con ganas de no hallar y que hallo en tu cuello. Pídeme las cosas que me guardo bajo capas y más capas de vanidad, no me atrevo a dártelas sin invitación. Presentando: la colección completa de monstruos y fantasmas imaginarios: xxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxx xxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxx xxxxxxxxxxx x x x x x x x x x x x x x x x x."
Susuki no tenía una moto y aunque se esforzaba en aparentar un desmesurado deseo de coleccionarlas, en el fondo sentía un desprecio sin nombre por todos los vehículos motorizados. Este sentimiento negado le ocasionó un vacío que no podía llenar con nada, ni con revistas de hentai ni con asiduas visitas al prostíbulo donde siempre pedía departir con una mujer vestida de colegiala. El vacío se le agrandaba en el pecho conforme pasaban los días en perpetua apariencia, con el uso de una finísima máscara se le agrietaba el interior. Llegó un día que no soportó más y, era Navidad, disfrazado de Power Ranger atacó a un Santa Clós en plena calle. El tipo no dejaba de hacer jo jo jo jo tirado en el suelo mientras el señor Yayamoto lo pateaba con saña inimaginable. Tenía unas ganas inmensas de sacarle las tripas a base de golpes y cuando le dolió el pie izquierdo se inclinó sobre él para pegarle con el puño, cosa que hizo hasta que los nudillos se le despellejaron. Se levantó ante el azoro general y se abrió paso a empellones a través de la multitud. La policía no pudo llegar por el amontonamiento y Susuki pudo escapar, sin proponérselo, sin ninguna dificultad. Miraba los escaparates y los millones de foquitos que pendían de puertas y edificios. Pensó que era caminar en un sueño, un sueño liviano y luminoso que lo invitaba a no terminar de observar.
Poco después sucedió algo que determinó su alivio y futuro buen humor: de camino a la oficina se topó con un compañero de trabajo mirando con fruición los gachapones de 100 mil yenes que tenían ropa interior usada de colegiala. Este compañero en particular se declaraba enemigo acérrimo de eso que llamaba "una infame inmoralidad" y fustigaba con furibundos sermones a todos los que no tenían empacho en presumir sus adquisiciones. Susuki se dio cuenta de que todo mundo usa una postura incómoda de la que no es dueño y que ha ganado por azar o por una estupidez. Por ejemplo él, que por el sólo hecho de llamarse Susuki los compañeros asumían que debía amar las motos (una suposición más bien pendeja, si se piensa bien, pero así es la gente) y por ende él sentía que debía ser así. Se dio cuenta de que somos orillados en una dirección inasible e incontrolable por el enorme empuje de la concepción social de un cosmos particular y que huir de él es imposible y una contradicción a la condición humana. Pudo reconocer las rajaduras en los rostros de sus semejantes y entrever sus similitudes en la mirada. Esto lo puso de buen humor y se sintió perteneciente, por primera vez, a la inmensa humanidad y a su ridículo papel en el desarrollo del universo. Aunque el vacío, lo que se dice llenarse, o por lo menos achicarse, no.
Que blog tan interesante!
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