sábado, 27 de febrero de 2010

Qué revueltas.

Yo ni hacía nada, me dediqué a mirarle los lunares de la cara, que no eran muchos, pero sí atrayentes y me agarraba el cinturón cada rato y lo apretaba o aflojaba dependiendo de si ella inhalaba o exhalaba y luego dijo que el rehusamiento y al principio no entendí, pero luego ya capté y me cagué de risa y ella también, aunque no estoy seguro de que se diera cuenta de por qué. Intenté por todos los medios posibles no pensar en que tenía correo que revisar y responder y lo más curioso de todo es que sostenía una conversación con ella y con su hija de cinco años, a quien me esforzaba por contarle un cuento. La niña me estaba platicando de que tenía un tortugo y le dije que las tortugas no tenían sexo y me dijo que no fuera tarado, que sí tenían, que todos los animales tenían sexo y esbocé una sonrisa (ya que andamos en eso de las imbecilidades) imbécil que pretendió ser complaciente pero que no pudo ocultar que era imbécil. Mi objetivo primario era, desde un principio, encamarme con la mamá, pero ésta se mostraba reacia a aceptar mis avances arguyendo la presencia de la niña y sólo me dejaba agarrarle la mano y fue entonces que me sugirió, la muy canalla, que le contara un cuento a su hija para que se durmiera ya que yo contaba unos tan buenos. Le juré que no sabía cuentos para niños y que me negaba a contarle uno de los hermanos Grimm o de Andersen. Pues invéntate uno, resugirió con vampiresca sonrisa, lo que interpreté como una invitación a mi objetivo primordial y por eso me esforzaba tanto en contarle un cuento a la susodicha párvula, pero ella insistía en enumerarme el zoológico y en contarme los azares y devenires de su tortugo, de nombre Margarita. De entrada creo que le caí mal a la niña, que de cuando en cuando dirigía miradas llenas de reproche a la mamá, misma que no se inmutaba en absoluto y seguía diciéndome de Proust. En mi vida he leído al señor Marcel, pero pretendí estar muy enterado asintiendo o preguntando alguna bagatela y ella parecía muy complacida y le dije que yo estaba leyendo a Spinoza y que lo hallaba dificilísimo de leer. Me dijo que Spinoza era un estúpido, que no perdiera mi tiempo y su ignorancia era exquisita, tanto como sus piernas. No deberías, bajo ninguna circunstancia, escribir en mi presencia. Mi presencia, ja. Esa noche estuve muy consecuente, seguí al pie de la letra las correspondientes hipocresías necesarias para llegar al coito, me mostré atento en todo momento y la halagué hasta donde se me ocurrió. Aún así, para mi eterna desgracia, terminé de confidente. Es indeciblemente molesto que todas mi posibles conquistas terminan por encontrarme comprensivo y bueno para escuchar, lo que tiene como natural resultado que nunca puedo encamarme con nadie, termino pasando klinexes y consolando a desoladas mozuelas o señoras entradas en años, hablando en un tono casi paternal que me causa una irreprimible repulsa y dando castos abrazos que son invariablemente recibidos con sollozos en cascadas y que terminan en agradecimientos llenos de mocos y frases apenadas y risitas entrecortadas seguidas de sonadas discretas o escandalosas. Por lo menos sirve de pretexto para incursionar en feos devaneos literarios. Basta ya.

2 comentarios:

  1. A veces los cuentos no terminan como los imaginaste, la vida más bien nunca termina como la imaginaste.
    Verás Bernardo uno siempre termina en las circunstancias y el lugar que nunca imaginó.
    Poco a poco te irás dando cuenta de que la vida es mas divertida cuando la vives así,porque sabes monguis... cuando nada más vives para vivir no vives.... sobrevives.. por algo somos humanos monguis, no animales.
    vive vive vive vive y luego me invitas n_n
    Mis mejores deseos (:



    Wu.(Que piensa que es mejor comer carlota que no comer.. o me equivoco?)

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  2. daaah que coincidencia eso de los ''vives vives y vive'' en los penultimos renglones.
    Me fuii ;D
    wu.(Que también admira tu forma de sentir las cosas)

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