Dejo mi ventana abierta para que entre el aire y por si te quisieras aventurar. Me describo con enfermiza insistencia, describo y describo a Sofía, una y otra vez, veo en nuestros gestos la vida. Describo (y escribo) para asegurarme de que existimos, que somos reales y no un vil invento de la fantasía de alguien más, que somos seres tangibles y que habitamos un espacio, que arañamos las paredes del mundo y que salimos también arañados. Ésta historia, ya sabes, es de cómo perdemos, cómo somos iguales y cómo somos tan distintos. Me pierdo y no me encuentro, pero siempre nos busco, en la boca, en los dedos, en las imágenes, en los momentos felices y en los que me ponen triste. Todos en éstas páginas existen. Quizá, como tú ya lo haces notar, no puedo dejar ir el pasado, me describo tanto porque soy egocentrista y hedonista. Pero también tienes que considerar la posibilidad de que lo haga porque necesito existir para alguien, pensar que al menos por medio de palabras alguien me conoce. Sí sí, ya sé que te suena a falacia porque no quiero enfrentarme a mí mismo, porque me da miedo la verdad. Y tienes razón, todo me da miedo. Piensa, por favor, que tal vez quiero hacer notar a los demás que valgo, que soy importante, que puedo ser divertido, que existo. Que quiero que me quieran.
Fui con Raúl a comer tacos a la plaza a la que casi nunca vamos. No sabíamos qué comer y yo pregunté qué quieres.
-No sé, lo que sea.
Decidimos por un señor que tenía gorra de los Raiders. Nos sentamos en las baquitas de metal y cuando apoyé los brazos en la barra noté algo raro, pero no supe qué. Siempre me ha gustado el huevo con jamón por las mañanas (sobre todo si hace frío) y ver a los taqueros hacer tacos. Seguimos platicando de no me acuerdo qué y pedimos:
-Tres de tripa y dos de chorizo- pidió Raúl.
-Yo le encargo tres de tripa y dos de suadero, por favor.
-¿Con todo?
-Sí- dijimos los dos.
Empecé a notar que los salseros y los trastes con verdura estaban perfectamente alineados y limpios, sin cebolla ni cilantro en los bordes, sin salsa derramada. Luego vi que el mandil tenía muy pocas manchas y que el señor estaba perfectamente afeitado. Ponía las tortillas muy juntas, una encima de otra y me pareció que le echaba calculadamente la misma cantidad de carne a cada taco. Su comal estaba ordenado por carnes, ni un pedacito de tripa en el bisteck, ni un pedacito de chorizo en el suadero, la cebolla muy en su lugar en una esquina, acomodada en cuadro. Cuando partía la carne le daba los mismos machetazos, cuando sacaba del pastor parecía medirlo. Conté los golpes, ocho cada vez. Y no es que le echara poquita carne, es sólo que parecía muy igual. Había también una señora ayudándole y un chavo muy moreno, los tres muy limpios. El señor tenía canas, su camisa era azul cielo.
-Aquí están, joven, tres de tripa y dos de suadero y tres de tripa y dos de chorizo.
Todos los limones estaban boca arriba (¿los limones tienen boca?). Me le quedé viendo un rato, sus manos limpias, su comunicación seca con la señora, su gorra que se veía limpísima, dividiendo se carne en montoncitos iguales, quitando un pedacito aquí, una allá, su pala limpia de mango rojo, la torre derechita de las tortillas, su media sonrisa.
-¿Qué? ¿no te gustó?
-No, no es nada- reaccioné.
Raúl los invitó.
-¿Cuánto va a ser?
-¿Todo junto, joven?
-Sí.
-A ver, 10 tacos, ¿refrescos?
-Dos- en su refri las hileras estaban perfectas, dos de cocas, naranja, toronja, manzana y sangría y abajo las aguas, a la derecha las chicas, luego las medianas y luego las grandes.
-66 pesos, joven.
-Pues estaban leves- dije cuando ya nos íbamos.
-Sí.
Nos quedamos platicando un toque, sentados en las bancas de adoquín. No puedo recordar sobre qué hablábamos, pero sí que reíamos a cada rato.
-Mira ese morro.
-¿Cuál?- preguntó.
-El que está sentado en el borde de la fuente- en esa fuente hay unas estatuas de perros que echan agua por la boca.
-¿El de suéter azul?- asentí- Ajá, ese qué.
-No sé, me dan como ganas de empujarlo para que caiga al agua.
-Jajajaja, no mames. Sobres, nos vemos mañana.
-Sobres, gracias.
Todavía me quedé un toque sentado viendo al morro platicar con, asumo, su novia. Se reían y se agarraban de la mano. Los tenis de ella me gustaron, azules con rayas blancas. Él traía un suéter azul chillón y un pantalón casi negro muy ajustado. Tendría unos 16, el cabello corto y relamido con gel. Juuumm, suspiré y caminé hacia ellos. Se calaron y me voltearon a ver.
-¿Qué pasó?
-Mmmm nada- y lo empujé con una mano, despacio. Hizo aspavientos, cagadísimo, queriendo recobrar el equilibrio, luego dio un gritito agudo y se oyó el esplaaassshhh. Su noviecita lo vio y me vio y le dio el brazo. A mí me dio la impresión de que sucedió muy rápido. Había un leve de gente y como el morro empezó a gritar vinieron, arruinando el momento.
-¡Pinche estúpido! ¡¿Qué te pasa, pendejo, eh, eh?!
-Por qué lo aventaste- me mira. Es la niña, enojada y sorprendida.
No digo nada, acaso sonrío, me quedo inmóvil disfrutando enormemente sus caras de estupidez e incredulidad. El niño se sacude.
-¡Contesta! ¡Yo no te he hecho nada!- como no contesto sólo me miran, sé que no tienen idea de qué pasa. Sigue con los pies adentro de la fuente. Es cagadísimo, empieza a temblar y decido que es momento de irme. Ya hay un montón de gente pendeja y metiche alrededor. Camino entre ellos y alcanzo a escuchar yasevayasevaquépasó. Me da risa y sigo caminando. Pobre niño, tragado por la multitud sin tener ni la más remota idea de qué es lo que acaba de pasar, mucho menos el porqué. Yo comparto sus dudas. Cuando paso por la miscelánea se escucha esa canción cagada de: “Soy tan baratoooo, ooooh, que nadie me quiere compraaaar”.
escucha violet de hole....explica muchas cosas..creo...aunke llevo 2 dias dormida solo despierto a ver si ya escribistes algo...y escuchar hole....todos deberiamos de hacer boom!!
ResponderEliminarSí, buuum cachi buuum. Me rehúso a escuchar a la zorra que mató a Kobain.
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